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Violencia obstétrica en Plasencia: “no paraba de pensar que me iba a morir”

Violencia obstétrica en Plasencia:
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Violencia obstétrica en Plasencia no paraba de pensar que me iba a morir

Violencia obstétrica en Plasencia no paraba de pensar que me iba a morir

Una vecina de Plasencia relata su calvario de tres semanas esperando un aborto obligado por la afectación de múltiples órganos de su bebé y la «humillación, desinformación y maltrato psicológico» sufrido durante todo el proceso

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Querían tener un bebé. Iban a tener una niña, pero todo se torció con la ecografía de las 20 semanas y el calvario que esta vecina de Plasencia vivió desde entonces la ha «destrozado». Más de ocho meses después de un aborto que no querían, pero al que las circunstancias les obligaron, ella tiene fuerzas para contarlo y para denunciar el «desamparo, abandono, humillación y deshumanización» que ha vivido por parte del sistema sanitario público extremeño, una forma de violencia obstétrica que quiere dar a conocer «para ayudar a otras mujeres en mi situación y que nadie más tenga que pasar por lo que yo he pasado. Lo hago por el legado de mi hija». Violencia obstétrica en Plasencia no paraba de pensar que me iba a morir

El embarazo había ido bien hasta la ecografía de las 20 semanas. Del centro de salud la derivan al hospital Virgen del Puerto y ya allí, «no dejan entrar a mi pareja y entran cinco o seis ginecólogos a verme. Yo no tenía ni idea de lo que pasaba, me dicen que algo no va bien y que me derivan al hospital 12 de octubre».

Compara el trato en el hospital placentino con la «humanidad impresionante» del ginecólogo del 12 de octubre. «Pensaba que me iba a decir que decidiera yo si tenía o no a mi hija, pero nos dijo que no había nada que hacer». Porque su bebé tenía varios órganos afectados e «iba a morir dentro de mí, no tenía ni una posibilidad de nada».

“”Cada patada eran como puñaladas porque sabía que estaba viva y pensaba en lo que le iba a pasar, no quería que sufriera ni un minuto””

A partir de ese momento, recuerda que se quedó en estado de shock y que lo único que quería era «que me sacaran cuanto antes al bebé». Porque con 20 semanas de vida, ya se movía y cada patada eran «como puñaladas porque sabía que estaba vida y pensaba en lo que le iba a pasar y no quería que sufriera ni un minuto». Violencia obstétrica en Plasencia no paraba de pensar que me iba a morir

De hecho, entonces decidió aislarse y no salir de casa hasta el aborto «por miedo a que me vieran embarazada y me preguntaran por el bebé». Critica que, «en ningún momento, el hospital me proporcionó ayuda psicológica o psiquiátrica. Me sentí abandonada por el sistema, cuando más lo necesitaba, me abandonaron».

Objetores de conciencia

No imaginaba que tendría que esperar más de tres semanas sintiendo día tras día a su bebé. Porque les dijeron que la derivaban a una clínica de Badajoz para el aborto. «No me dijeron en ningún momento que los ginecólogos de Plasencia eran objetores de conciencia y por ley tienen que decírtelo». También afirma que no les dieron más opción que la clínica de Badajoz, a pesar de que Sanidad asegura que el SES tiene conciertos con otra clínica de Salamanca y, «si la mujer lo desea, es la clínica que se ofrece a las áreas de Plasencia, Navalmoral y Coria».

No a ella. «Nunca me dieron esa opción, juegan con nosotras, con nuestra salud mental y no tienen empatía», subraya.

Porque, después del diagnóstico en Madrid, tuvo que esperar una semana para hacerse el preoperatorio en Badajoz y otra más para el aborto y, si la espera había sido «horrorosa», en la clínica pacense la situación aún empeoró. Violencia obstétrica en Plasencia no paraba de pensar que me iba a morir

«No dejaron entrar a mi pareja en la sala de dilatación. Estuve ocho horas con una medicación muy fuerte, con morfina, con unos dolores terribles porque iba a ser un parto natural inducido. Me dijeron que si quería hacer pis, tenía empapadores, me sentía humillada y con mucho miedo, pensaba todo el rato que me iba a pasar algo, que me iba a morir porque no era un hospital, la ley dice que, en el caso de anomalías fetales, hay que derivar preferentemente a un hospital».

“”No me dejaron verla, ni preguntaron si queríamos incinerarla, era como si fuera un resto”” Violencia obstétrica en Plasencia no paraba de pensar que me iba a morir

Recuerda que el ginecólogo «me echó en cara que no me hubiera hecho la prueba del ADN fetal, pero me habían dicho que no hacía falta» y que, cuando le entraron ganas de empujar, la llevaron al quirófano, la sedaron y se despertó junto a su pareja. Lo primero que le preguntó fue «si no me había muerto».

Además, aparte del sentimiento de culpabilidad, no volvió a saber nada de su hija. «No nos dejaron verla, ni nos preguntaron si queríamos incinerarla, era como si fuera un resto. En algunos hospitales te ofrecen una caja de recuerdos con el peso, la talla, la huella, tampoco me dieron esa opción». Violencia obstétrica en Plasencia no paraba de pensar que me iba a morir

Después del aborto, «me hundí». Ella ha tenido que costearse un psicólogo y un estudio para saber si podrán tener otros hijos sanos. Porque quieren tenerlos, pero «estoy muerta de miedo y no me atrevo». De hecho, sabe que, cuando ocurra, «voy a vivir un embarazo con miedo» y también tiene claro que no parirá en Plasencia: «necesito humanización en la Sanidad y es lo que ha fallado en todo el proceso. Me he sentido maltratada como mujer por el sistema y también mi hija. Muchas mujeres lo viven, pero no lo cuentan». Fuente* El Periódico Extremadura

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